Mi viaje de estudios en Malta, primera parte.

Si, hay dos partes, porque a las 3 semanas de estar allí cambiaron muchos de mis compañeros de casa y de clase. Parece que fueron dos viajes distintos.

Llegué a St Julians a medio día ¡qué calor que hace allí ya en mayo la virgen! El coche de la escuela que me fue a buscar al aeropuerto me llevó a la casa compartida en la que iba a vivir esos dos meses. De hecho cuando llegué acababan de dejar allí a un nuevo compinche (un muchacho que desde entonces sería mi fake boyfriend)

Era, bueno, imagino que lo seguirá siendo, holandés. tenía dos o tres años menos que yo y aun estaba en la universidad estudiando (recuerdo que me sentí súper vieja) pero nos caímos bien, así que dejamos nuestros bártulos y nos fuimos a buscar donde podíamos comprar cosas para llenar la nevera. Ambos compartíamos habitación, pero nuestros respectivos coméis no estaban a esa hora en casa; así que no abrimos ni maletas ni nada y nos fuimos a perdernos por la calles maltesas.

Cuando llegamos de la compra había dos chiquitas italianas, me hicieron sentir bien nada más verlas: porque eran italianas y mi italiano era muuuuuuuuucho mejor que mi inglés y en especial (por mal que esté decirlo, porque eran mucho mayores que yo (y eso me quitó mucha presión, ya pensaba que iba a estar en una casa sintiéndome la mamá de todos) Ellas compartían habitación, de hecho eran las únicas que tenían habitación en la planta de arriba. Tenían 37 y 35 años y llevaban allí 3 meses ¡flipé!

Poco a poco fueron llegando compañeros nuevos, muy majos todos la verdad: una argentina (con la que aun hoy sigo teniendo relación), una rusa muy pejiguera ¡qué mal me caía la jodía!, y un muchacho de Milán malísimo (el compañero de mi fake boyfriend) Mi compañera de cuarto seguía sin aparecer. Nos fuimos a cenar por ahí, nos enseñaron la ciudad (cuando vi que lo que los malteses llaman ciudad para mi es un barrio me quedé un poco extraña, pero oye, cada uno lleva su país como quiere)

Llegó la hora de dormir (creo que fue una de las pocas noches que me fui a la cama a una hora decente) y mi compañera seguía sin aparecer. Lo único que sabía de ella era que era italiana, tenía 23 años, iba a mi clase en la escuela, solo llevaba una semana en la casa y la última vez que la habían visto había sido el viernes cuando esperaba el bus para irse a una excursión planificada por la escuela de idiomas.

El día siguiente al llegar a clase me sentí en mi salsa, era volver a lo que conocía (a dar clase, a esa rutina) pero con gente de medio mundo: había un chico brasileño, la rusa, dos o tres italianos, holandeses, un alemán que resultó ser un pizzero de fábula, un español… y tanta diversidad me encantó. Eso si, mi compañera de cuarto no estaba. Yo ya estaba pensando que la habían raptado, que se había perdido, que se había caído por un acantilado…. ¡vaya usted a saber!

Yo me había cogido clases por la mañana y por la tarde, pero la mayoría de mis conocidos solo por la mañana para por la tarde irse de turistiqueo o a la playa ¡y yo como una boba estudiando! pero bueno… me lo había tomado para estudiar, es lo que me tocaba. Al acabar las clases me dijeron que me esperaban en la playa y, aunque no soy mucho de playa, allí que me fui ¡menuda fiesta que montaban, normal que no quisieran ir a las clases. A las dos semanas preferí irme a ver el país y cancelé las clases de la tarde.

No solo por irme de cachondeo, que también, sino porque las clases no me parecieron muy necesarias. Me explico: yo no lo hacía por la titulación (como muchos de los que estaban allí) sino por aprender el idioma, y a base de fichas y ejercicios como en el cole no creo que se aprenda. Yo necesitaba soltarme, hablar, quitarme el miedo, coger fluidez vamos. Y eso lo cogía más en la playa hablando de nuestras cosas, intentando que no me hiciesen aguadillas (o intentando hacerlas yo) blablabla que en clase. Si hubiesen sido solo clases de conversación todavía…

Formé un grupito de “amigos” tan heterogéneo que tenía que hablar inglés por narices, y eso me ayudó mucho. Las tardes las usaba para irme a fotografiar todo lo que me encantaba de la ciudad (volví como con 7000 fotos, y no, no estoy exagerando) Los fines de semana los usábamos para irnos de viaje por ahí, playas al otro lado de la isla, otras islas, otras ciudades… Se trataba del primer viaje que hacía completamente sola (dos años antes había estado como au pair en Palermo, pero no era viajar, era estar con la seguridad de una familia) así que esas mini-excursiones de una tarde a conocer ciudades cercanas, solo con mi cámara eran reconfortantes, raras, nuevas experiencias que me ayudaron a encontrarme y muy muy muy antiestrés.

Mi inglés fue mejorando entre botellones en calas hasta las tantas, bares irlandeses, rechazos a tíos en bares (motivo por el que creamos a mi fake boyfriend)… porque esa es otra: Paceville. Una ciudad maltesa en la que todo es fiesta y despiporre. Resulta que todos los que van a estudiar dedican sus noches a perderse por el moderno Sodoma. Y yo me subí en el carro. Fiesta hasta las tantas para llegar a clase muchos días tras solo haberme duchado y cambiado de ropa. Pero de verdad, que ahí es donde más aprendí, hablando con corean@s de su vida, con indi@s de por qué estaban allí… por ello mi mejor consejo es: ¿clases? si no tenéis la gramática, si la tenéis, cogeos una casa compartida, haced amigos y a vivir. Que de un lado para otro y hablando con todo el mundo es como mejor se aprende.

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